Tres historias de terror gastronómico en las aventuras de El Sartén Caliente

Llega el 31 de octubre y ya sea que usted disfrute celebrar Halloween o el Día Nacional de la Mascarada, hoy le cuento tres historias de terror que he vivido en mis aventuras gastronómicas escribiendo este blog.

Me reservaré el nombre de los restaurantes, pero les prometo por Martin L. Gore cantando al piano Somebody, que son cosas que viví.

Sé que muchas veces dije que me da miedo eso de que se popularice comer pizza con piña o hamburguesas con huevo frito, sin embargo esto es peor.

Kombucha

Una vez visité un restaurante de comida vegana y lo primero que me ofrecieron muy amablemente fue una bebida. Yo dije: Claro y resultó ser algo nuevo para mi: La kombucha.

Por definición esta bebida es según la web www.BoletinAgrario.com: “La Kombucha  conocida también como hongo manchuriano, hongo de té u hongo chino, es  una bebida fermentada de ligero sabor ácido, que se prepara mediante té endulzado que se fermenta mediante una gelatinosa colonia de microorganismos. 

Estos hongos y bacterias se convierten en azúcar sacarosa en glucosa y fructosa y después en alcohol etílico (potable), gas carbónico (CO2) y ácido acético.

La probé y me supo horrible, no hay forma en que me convenzan de que es rica, tenía un sabor achichado, como cuando un fresco de frutas inicia su descomposición.

Pero lo realmente terrorífico vino cuando me dio por buscar en Internet el famoso hongo de la kombucha. Que cosa más desagradable y pensar que uno se toma eso. Por un momento pensé que era uno de esos restos orgánicos que ponen en formol en los museos de biología.

Nunca más pienso probarla y yo no sé ustedes pero para mi o la que probé no era la mejor elaborada o sencillamente es intomable. No niego que la ciencia dice que tiene o aporta beneficios, pero yo paso joven.

Chifrijo 

Yo era fanático del chifrijo que servían en un popular bar de la zona de Barrio México, en la provincia capitalina.

Era una delicia, traía abundante chicharrón y de calidad, el pico de gallo era bueno, no le negaban al aguacate y el precio era muy bueno para salir en plan tranquilo.

No sé cuántas veces fui, pero fácilmente unas 15 veces, hasta una noche que junto a quién sería mi esposa decidimos ir una noche, no sé si luego del trabajo.

Estábamos en una de sus mesas con sillas altas, la música a puro peluche y recuerdo que estábamos ubicados cerca de una de las puertas.

La sorpresa llegó cuando por esas cosas de la vida miramos al mismo tiempo a una rata enorme salir del caño y a paso veloz ingresar al restaurante. Nos quedamos impresionados porque aquello parecía del tamaño de un gato. 

Luego de ver cómo se metía en el interior del lugar, el rostro de pánico de mi esposa lo dijo todo. Para cerrar vimos de nuevo a la señora rata salir del lugar e ingresar de nuevo a uno de los drenajes del caño.

No les miento si les digo que esa fue la última vez que pusimos un pie en el lugar. 

Tamales

Mi familia guanacasteca me enseñó a disfrutar, amar, morir de placer por los tamales. Esa mezcla de maíz recién molido, buena posta de cerdo, papa, arroz y los secretos de mi familia, como el pipian.

Pero la vida me llevó por caminos de terror, por senderos de dolor, de torturas, de sufrimiento. Primero fue descubrir el tamaño de los tamales del valle central, a veces una tercera parte de un buen tamal guanaco.

Luego, poco a poco fui encontrando en el camino versiones con huevo duro, aceitunas, ciruela pasa, coliflor o incluso alcaparras.

tamal

Y para que griten del susto, una vez incluso me llegó la información de una receta que proponía reemplazar la delicia de carnitas de cerdo por atún de lata en agua. Nooooo.

Lamento decir que esas cosas me parecen de verdad una verdadera crueldad con el plato.

Bueno, ya saben que esto es un poco para reír, aunque todo es cierto. Si tienen alguna queja, comentario o experiencia, por favor me la cuentan en los comentarios y yo les responderé.


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