Lobster House Gastrobar: el lugar al que nunca volveré

La historia que a continuación les contaré es, a mi pesar, un hecho de la vida real.

Sucedió el domingo 6 de diciembre, cuando quisimos probar un nuevo lugar del este capitalino: Lobster House Gastrobar, un sitio con decoración hermosa, meseros atentos, comida decente, pero una dueña nefasta.

Les cuento. Pedimos nuestra orden que incluía dos entradas y dos platos fuertes, era un almuerzo dominical en familia que pretendía disfrutar, al menos eso esperaba.

Las entradas llegaron, las disfrutamos, sabor normal, no malo,  pero tampoco para sentarse a llorar de la emoción ante la explosión de sabor.

Llegan los platos fuertes y en medio de uno de los camarones de mi plato el viento balanceaba un pelito blanco.

Se lo hice saber a nuestra mesera quien lo llevó a la cocina y regreso pelo en mano para decirme: señora esto no es un pelo, es una “franela”. No hubo disculpa, solo el ofrecimiento de traerme la comida de vuelta, o cambiarme el plato (nota sarcástica de la autora: qué error el mío un pelo en un plato no se puede dejar pasar, pero una franela sí porque el consumo de las franelas es lo mejor que le puede suceder a su organismo).

Impresionada con la actitud, le digo que lo retire y que no lo quiero. Se marcha pelo en mano. El “lo siento” aún lo estoy esperando.

Cuando Melvin terminaba de comer y yo solo miraba las guarniciones que acompañaban lo que quedaba del plato de sweet chili que pedí, llegó amable uno de los meseros a decirme que si quiero que me empaquen el arroz y las verduras que habían en mi plato.

Le digo: “No, lo que quiero es una disculpa”. Asombrado me pregunta qué sucedió, le explico y se va a buscar a la dueña. Error, quiero decir: HORROR.

Completamente a la defensiva, llega una chica a nuestra mesa para decirnos que en su restaurante se cumplen las normas de limpieza.

Saca una gorrita de la bolsa de su vestido para decirme que no hay quien entre a la cocina sin una de esas y remata con estas palabras: “¿Qué es lo que usted quiere?” (como si  la estuviera asaltando). Nunca hubo un lo siento, ni siquiera un “lamento el mal rato”.

Asombrada con la actitud le digo: solo no me cobre este plato. Me mira y me lanza un odioso “está bien”. Da media vuelta para marcharse y no me contengo, le digo que quiero hacerle una observación como comensal.

Le digo que lo único que esperaba era lo básico del servicio al cliente reconocer el error y pedir una disculpa. Le añado que no entiendo por qué para ellos es menos grave que un plato tenga un hilo de una franela que un pelo, le digo que simplemente eso no tuvo nada que estar haciendo en medio de la comida y que por eso, solo por eso merecía eran dos palabras: “lo sentimos”.

Me mira agobiada, pide la disculpa a regañadientes y se va. Pagamos lo que consumimos (excepto el dichoso plato peludo), en total fueron poco más de 20.000 colones.

El mesero que la fue a buscar regresó a nuestra mesa, nos preguntó cómo nos fue y le contamos. Se quiso morir, vino otra mesera, nos pidió una disculpa muy apenada por el trato que recibimos. A ambos le agradecimos su detalle, sin embargo, a los dos les prometimos nunca más regresar.

A salir del restaurante me fui a su fan page de Facebook les puse una estrella, conté en un párrafo lo del pelo misterioso y la disculpa que llegó única y exclusivamente porque yo la pedí. La respuesta del sitio fue bloquearme.

Por eso le pedí este espacio a Melvin en su blog, no para cobrar venganza, sino para que todos saquemos nuestras propias conclusiones.

Comensales: por favor, no nos dejemos, exijamos el servicio al cliente que nos merecemos. Vamos a pagar por nuestra comida a un restaurante, no a pedir que nos la regalen.

Restauranteros: Señores, sus clientes son los que pagan sus facturas todos los meses, de nada vale tener un restaurante de lujo si su actitud y el trato que le dan a los comensales solo demuestra que lo único que le importa es lo que sea ganancia para usted.

Señora dueña del Lobster House Gastrobar: suerte con su negocio, la necesita.

 

 


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